jueves, 24 de mayo de 2018

AMBROSIO Y EL DRAGÓN

Mi padre, a pesar de sus muchos años, tenía un dragón.  

No, no estoy delirando y puedo entender amigas, que penséis que mientras dormía esta noche, se me ha "pelado" un cable neuronal y que un cortocircuito con su correspondiente humillo negro y olor a plástico quemado, me ha dejado enajenada. 


Tranquilas, aun estoy en mis cabales para explicaros el "temita" del Dragón y de paso, su extraña relación con los muchos años de mi progenitor.


-!!Niña!! Si quieres ser feliz en la vida…!!, jamás pierdas tu Dragón!!, !No dejes de alimentarlo!, me decía el hombre con una risotada después de cada una de sus humoradas.

Si…, mi padre era de los que pensaba que todos nacemos con un pequeño e invisible dragoncito verde dentro que durante la infancia, nos permite ser libres, creativos, alegres e inconsecuentes y al que además podemos echarle la culpa de nuestras "barrabasadas" y que nos mantiene felices a pesar de que nuestra vida se pueda llenar de nubarrones.

También creía mi Papa, que aquel animalito vivía silenciado entre nuestro corazón y nuestro cerebro infantil y se solía animar por el aburrimiento y que por desgracia, si al crecer nosotros no cuidábamos nuestro dragón y le dábamos de comer bromas, esperpentos, desproporciones y fantasías, que son sus alimentos favoritos, las hormonas al agrandar nuestro cuerpo, ayudadas de las numerosas normas y convenciones de la sociedad, lo mataban de hambre de modo que en la mayoría de los adultos el Dragón desaparecía dejando paso en su lugar a Doña Seriedad que es un ama de llaves estricta y bastante patética a la que casi hay que emborrachar para sacarle unas risas.

Así, que de no cuidarlo, cuando tu madre te diga que ya tienes la regla y te has convertido en una "mujercita" responsable, ya has perdido tu dragón y ya la has jodido para siempre.

Aún recuerdo cuando sentada en sus rodillas aspirando bajo su barba el tufo a tabaco que yo creía que era su olor natural, mi padre, me decía que el dragón si lo mantienes con vida cuando eres mayor, con su atrevimiento y desvergüenza te hace olvidar el sentido del ridículo y la proporción que son los mayores enemigos de la creatividad y que además, cuando la vida te manda disgustos y desasosiegos, el dragoncito siempre te ayuda segregando en tu sangre una extravagante substancia llamada " Sentido del humor" que hace más fáciles los malos momentos.

Ahora podréis entender ya el asunto de Ambrosio y más aún si os digo, que en mi familia, menos mi madre que viene de una familia de "Palosecos", todos habíamos mantenido vivo el asunto del dragón y nos gustaba reír en las sobremesas con chistes e historias insólitas.

La cuestión, fue que un primo mío que también tenía vivo su dragoncito nos contó un día el cuento de Ambrosio:

Cuando Ambrosio nació, como a todos los niños de aquel hospital se lo llevaron durante algunas horas al pabellón de los recién nacidos para constatar su salud. Cuando su madre con el culo remendado fue en una silla de ruedas empujada por el padre de Ambrosio a recogerlo, no lo encontraron en la primera planta que era la planta de la de "Niños Hermosos" y subieron en el ascensor a la segunda planta que según el rótulo era la de "Niños Guapos" donde tampoco lo encontraron. Conformados pues, subieron a la tercera de los "Niños anodinos" y entre aquellos niños que "Ni fu ni Fa", tampoco lo vieron. Algo inquietos ya, subieron de nuevo en el ascensor a la cuarta planta, la de los "Niños Feos", donde tampoco estaba y francamente decepcionados, ascendieron temerosos a la quinta y última planta que correspondía a la de "Niños Horrorosos" y cuando tampoco lo encontraron allí, asustados ya, se dispusieron a bajar a dirección del hospital para preguntar qué había ocurrido con Ambrosio, pero entonces…, vieron una pequeña puertecita gris y al abrirla, encontraron una pequeña y estrecha escalera que llevaba al ático. Como no había ascensor, subieron trabajosamente con las piernas temblando y el miedo en el corazón y al llegar al final, vieron una pequeña y solitaria cuna en el fondo de la habitación. Fue entonces cuando ambos se desmayaron al leer aquel el rótulo : "Planta de Niños Ambrosios".

Ja ja ja. El surrealismo del cuento nos encantó tanto que desde entonces en mi casa todos, con ayuda de nuestros dragones, siempre empleamos la palabra Ambrosio para designar lo desagradable, lo feo o lo asqueroso ; !Hace un día completamente Ambrosio!, y da igual que llueva que nieve o que el viento se lleve los edificios… Hija…, !Con ese vestido estas totalmente Ambrosia !..., ! Desde que reñí con Jacinto ando totalmente Ambrosiada !..., ! El cabrón del profesor ha puesto un examen de lo más Ambrosio!..ezt.

La verdad, es que nunca a pesar de mis treinta años he sido enamoradiza y en general, siempre he visto a los hombres y mas si son compañeros de trabajo, muy simples y algo Ambrosios para mi gusto, pero cuando llegó Sr. López a la oficina, y me lo encontré en la fotocopiadora," Se me cayeron las bragas al suelo". Insólitamente pues, me quedé mentalmente paralizada y sin poder huir mirándolo embobada mientras que a él a su vez le debió ocurrir lo mismo porque sin levantar el dedo del pulsador y sin quitarme los ojos de encima, hizo más de cien fotocopias innecesarias de la misma hoja.

Fue un flechazo laboral total, yo a su lado vibraba como un diapasón que responde a una sola nota. Os diría que esa misma noche el Sr. López se me llevó a la cama para estrenarme, si no es porque en realidad, me lo llevé yo a él con una urgencia para mi desconocida.

Los días se nos hicieron maravillosos y durante un par de semanas fue todo tan color de rosa, que la palabra Ambrosio no salió de mis labios ni una sola vez.

Por fin, tan segura estaba de lo que sentíamos, que pasadas un par de semanas, decidí presentar al Sr. López a mi familia.

Cuando en la agradable sobremesa mi padre le preguntó al Sr. López su nombre, me di cuenta que "Sr. López", como siempre lo llamaba yo, me sonaba tan a música celestial, que había olvidado preguntarle su nombre.

Cuando el Sr. López mirando encantador a mi padre le dijo….Ambrosio…Ambrosio López… para servirle, se hizo un silencio total en el comedor y luego… tras vanos intentos de contención y disimulo, estallamos todos con una explosión de risas locas y lagrimeos y retorciéndonos primero en las sillas para luego caer aparatosamente al suelo sosteniéndonos las barrigas para calmar a nuestros dragones completamente descojonados, mientras que ante la seria mirada de "Paloseco" de mi madre, Ambrosio López, con los ojos abiertos de perplejidad ponía cara de idiota.

Fin

2 comentarios:

Dol Gimar dijo...

Maravilloso, es maravilloso tener dragón que además es un cómplice personal y jamás, jamás te delata. Siempre te acompaña… no a tu lado, claro, si no en tu interior y dejarlo que ejerza es símbolo de bondad, sabiduría y buenos augurios.

En esa familia el uso y disfrute del dragón les ha servido de terapia para el divertimento y la connivencia, excepto para la madre “paloseco” a la que no había forma de alegrarle la vida.

A mí, me ha servido este Acuatexto para reflexionar y darme cuenta de que ¡¡yo también tengo una dragona colega… ja, ja, ja.!!

La pintura muy colorista como corresponde a los dragones orientales y aunque este parece que estar molesto con lo que está mirando, la realidad es que “va de buen rollo” y transmite entereza, armonía, prosperidad, crecimiento y vida.

Lola.

Amon-Ra dijo...

El concepto de fealdad lo es a partir de su relación comparativa con la belleza; es el alejamiento del canon establecido para ella, entendido de acuerdo al momento histórico y a sus tendencias más o menos efímeras; dicho lo cual, y en apoyo de los Ambrosios/as, el refranero popular sentencia que “la suerte de la fea, la bella la desea” y que tiempo al tiempo y verán caer en la ambrosía a actuales Gracias de Rubens o Venus de Tiziano, con serios problemas en el pret-a-porter, o al “hombre y el oso contra más peludo más hermoso” y ahora depilándose hasta los pelendengues. ¡Ánimo Ambrosios/as, el tiempo juega a vuestro favor!
El dragón, de una policromía preciosa, tan chino que podría montar un todo a 100 y con tus famosos blancos en la dentadura que diríase un anuncior un dentífrico.
Música: la ópera Turandot de Puccini, cuento chino bellísimo que aconsejo.