viernes, 13 de febrero de 2015

EL TREN DE LA MADRUGADA ( Marina y Jardiel)


Marina y su pequeña niña aguardaban de pie al comienzo del andén. El tren llegó como una sigilosa serpiente que se dirigiera a cazar un ratón. A contraluz su forma de iba agrandando y ocultando el fondo claroscuro del amanecer.
Apenas con dos pequeños faros encendidos, se deslizaba azul y suave ondulando sinuosamente por sus últimas curvas. 


Marina recordaba la estación de cuando era niña, llena de bullicio. Los carros atestados de maletas. Los mozos tirando de enormes bultos y los bancos llenos de gente cansada durmiendo o comiendo bocadillos sobre el andén sucio, sembrado de papeles y restos de comida. El ronroneo amenazador de las antiguas locomotoras que dormitaban en sus vías y el sobresalto con los  silbidos de aviso de llegada o salida de los trenes. El estruendo del abrir y cerrar delas puertas de aquellos vagones verdes de la Renfe siempre precedía a los gritos de alegría de los encuentros y los llantos de las despedidas. 

Ahora, al amanecer, cuando la luz apenas es un ribete anaranjado en la negrura, Marina apenas podía reconocer aquella estación. ! Como había cambiado ! Los andenes estaban más limpios que las oficinas de un banco y brillaban como las pistas de una bolera. Los paneles luminosos habían substituido a los altavoces avisadores y el silencio se podía cortar. Se podía oír incluso el suave arrastrar de las zapatillas de la mujer de la limpieza que se alejaba finalizado su trabajo.


Cuando al fin se detuvo el moderno convoy, no se oyó tampoco ningún ruido al abrir las puertas, apenas un siseo corredizo tras el que salieron de los diferentes vagones ocho o diez personas a las que nadie parecía esperar y que sin apenas equipaje se dirigieron rápidamente a la salida . Por último, cuando Marina ya se iba a dar la media vuelta para marcharse, surgió él de la penumbra del último vagón.

Ya no era el chico guapo de mirada alegre y arrogante que ella recordaba. Lo que salió de la oscuridad... ! Era un hombre!. Las arrugas en el entrecejo, el pelo prematuramente encanecido y una manera diferente de rellenar su uniforme de campaña, hablaban por si mismas de un cuerpo fibroso y acabado. Caminaba lentamente con un ligero cojeo a la izquierda que procuraba compensar balanceando a la derecha su saco militar. Cuando bajó del tren, su cabeza no buscó a nadie, simplemente se limitó a caminar con la vista baja y el pensamiento ensimismado hasta que al final del andén, casi se tropieza con Marina.

Permanecieron unos segundos callados mirando al suelo uno frente a otro.
-No esperaba aquí a nadie…. y menos a ti.dijo él.
-He arreglado la casa de tu madre. Nadie la había limpiado desde que murió. susurró Marina
-No necesito ninguna ayuda, y menos de ti. añadió él mirándola a la cara con dureza

Su historia era previsible, Jardiel había sido un joven inquieto y valiente, que pensó que en el ejercito encontraría la gloria y el camino que le sacara de la mediocridad de su barrio. Se había enrolado cuatro años antes en los cuerpos de élite para luchar o servir en las lejanas tierras de Líbano o Afganistán donde la acción estaba garantizada. Cuando decidió ingresar en el ejército como si atendiera a una llamada de Dios, llevaban dos años de noviazgo. Jardiel quería a Marina a pesar que ella era aun muy joven y algo alocada. Marina resentida por lo que vivió como un abandono, no le guardó su ausencia y se dejó seducir por un tarambana que la abandonó en cuanto se enteró que estaba embarazada.

Su peor castigo, fue darse cuenta tarde de que el único hombre que amaba y amaría siempre era Jardiel y ya nadie ya podría jamás ocupar su lugar.

Lo de Jardiel, fue agridulce. Tras una brillante trayectoria llena de valor y condecoraciones, los dos últimos años habían sido para él un rosario de amarguras. Primero, como ocurrió a tantos otros, fue el abandono de su novia. Luego, la mutilación que sufrió cuando su carro de combate saltó por los aires quedando él como único soldado superviviente de los seis. Por último, en medio de las numerosas intervenciones quirúrgicas y una larga convalecencia en aquel perdido hospital, la muerte de su madre, que era su único apoyo en el mundo fue el remate.


Para Jardiel fue casi una bendición cuando le llegó la carta de retiro. 

- Jardiel,dijo Marina, sé que lo que hice no tiene perdón, y no he venido a pedirte nada, pero no podía permitir que un hombre que regresa a su tierra después de darlo todo, no encontrara unas sábanas limpias y un plato de caliente.

-¿Esta es tu hija? dijo él señalando a la niña con un gesto vago
- Si, no la podía dejar sola a estas horas y ha tenido que venir conmigo, pero ya nos vamos y no te molestaremos más.
En medio del embarazoso silencio una pequeña mano tocó los dedos de Jardiel

-¿Papá? …¿ Eres el papá…? dijo la pequeña

Jardiel se agachó para ver a la niña, que lo miró con los mismos ojos dulces y obscuros de su madre enmarcados por una cascada de rizos infantiles, ! Era el vivo retrato de Marina!. Luego miró hacia arriba, y se encontró con el mismo rostro pero con los ojos llenos de lagrimas.

¿Papá? …..!, !! Claro que soy Papá !!.

Levantó a la niña como una pluma con su brazo derecho y mientras la besaba, se dirigió lentamente a la salida. Marina tras él ,arrimandose mucho para volver a sentir su olor, tiraba trabajosamente de su equipaje.!! El valiente soldado había encontrado una nueva misión !!.

3 comentarios:

Tina Moriano dijo...

Un cuento bonito, apropiado para las señoras, diras tu.
Me llama la atención el contraste entre las cosas materiales, estaciones limpias, trenes silenciosos y modernos ahora y no suciedad y ruido como antes y deterioro moral y fisico de las personas en lugar de la belleza y fuerza anterior.
Si como la vida misma, diras tu.

Amon-Ra-Cin dijo...

Hermosa narración. Cara opuesta del tango "Volver", en él hay un ayer que espera recoger los despojos que la guerra de la vida ha hecho de nosotros.
Sabia decisión la de ver y tomar los pequeños frutos maravillosos con los que, en ocasiones por sorpresa y generosamente, nos regala el día a día sin que los hayamos sembrado ni tan siquiera intuido.
Estación ferroviaria convertida, por encanto como la calabaza de "la Cenicienta", en acogedor útero capaz de hacernos renacer de nuevo con energías renovadas para poder continuar, hacer lo que quedó pendiente y reconstruir lo desmoronado.
La Naturaleza imita al Arte; la vida podría hacer lo mismo con las buenas narraciones literarias, seguramente nos iría mejor.

Paco Ballester dijo...

Ramón escribes mejor que yo. animo. todo es ponerse...