viernes, 10 de marzo de 2017

PECECILLOS AZULES

     Eran ya quince años, !Quince!, desde que la casualidad le trajo a este pueblecito pesquero, y se podían contar con los dedos de la mano los días que no había ido a pescar aquellos pequeños peces azules desde el muelle en la dársena interior del puerto.


     Lo curioso, era que para Alfonso el pescado no tenía demasiado interés, ni siquiera el mantener una lucha con los peces para engancharlos y sacarlos sin que se escaparan, le producía la menor emoción. Pero…había descubierto, casi por casualidad también, que como a otros el alcohol o el juego, la atención casi hipnótica que debía poner sobre aquella boya roja esperando que la hundiera el tirón del picotazo, le producía un efecto de sedante sobre su soledad y sus angustias…, Alfonso, en fin, había descubierto el efecto paliativo que tenía la pesca sobre sus penosos días anestesiando horas y horas de dolor….

     Entre los pescadores de caña de aquel muelle de madera, aquel patético hombrecillo realmente era un verso suelto. Sus materiales eran primitivos y sus lugares de pesca aleatorios. Aquel hombre prefería que los peces le buscaran a él antes que situarse donde se suponía que ellos tenían su guarida.

      Al principio, cuando como ausente volvía a tirar los peces azules de su cubo al mar, el resto de pescadores, lo miraban como a un loco entre confusos y perplejos mientras los garzos peces, de nuevo el agua, chapoteaban buceando con alegres destellos plateados hacia su invisibilidad. !Lo que son las paradojas…!. Aquellas pequeñas bestias escamosas y glaucas parecían amarlo a él, porque lograba pescar más que ningún otro pescador e incluso sacaba peces cuando nadie lo hacía con el consiguiente rencor del resto de pescadores que lo espiaban de reojo para luego mirarse unos a otros con cara de cabreo.

       Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Alfonso había comprobado que esa afirmación también era cierta para los peces, bueno… quizás lo que ocurría es que la tendencia al olvido de aquellos vertebrados subacuáticos- la famosa memoria de pez- era más cierta de lo que se creía, porque a veces pescaba el mismo pez no dos, sino varias veces e incluso el mismo día y le tentaba quedárselo y comérselo como castigo a su gilipollez. Pero luego… , Siempre benévolo, se decidía por también soltarlo al final de la jornada pensando que aquel pez actuaba como él mismo lo había hecho en el pasado con la obsesión del hombre que vuelve y vuelve a buscar una mujer una y otra vez, incluso hasta cien veces sin desengañarse…

      ! No !. No eran recuerdos lo que Alfonso tenía que apartar de su cabeza, eran sentimientos no olvidados de amor y culpa que estaban siempre abrasándole entre sus sesos.

       Durante años, cada tarde, Alfonso había vuelto al patio emparrado de Margarita una y otra vez y siempre con el resultado negativo de su rechazo a veces indiferente, a veces colérico y a veces condescendiente, pero siempre humillante y descorazonador y…, una y otra vez cada noche volvía abatido y descorazonado a su casa, para levantarse al día siguiente con el recuerdo borrado del día anterior y comenzar de nuevo con una semilla de esperanza ilusa que iba creciendo con las horas en su pecho hasta hacerle pensar que algo había cambiado con el nuevo día y volver por la tarde al emparrado de Margarita intentarlo de nuevo.

      Alfonso, solo acudió a la psicóloga pensando que había perdido la razón cuando una mañana reparó en que sus días se habían convertido en los últimos años en una especie de "día de la marmota" y se estaba sintiendo atrapado ya como una mula enganchada a una noria que envejecía dando vueltas a la rueda. Entonces, fue cuando averiguó que él era adicto a Margarita y que en realidad necesitaba masoquistamente su rechazo como si fuera la Heroína o una droga más adictiva.

      No fue ella, fue su Madre. Alfonso cree que a ella le gustaba en el fondo …quizá para ella sus negativas tenían un punto sádico pero entretenido, porque Margarita, tampoco hacía caso a nadie que no fuera él y fue su madre y no ella, la que le acusó de acosador y lo amenazó con la denuncia.

      Cuando Alfonso se dio cuenta de que verdaderamente aquella buena mujer tenía razón y que aunque cortésmente, él estaba acosando a Margarita e impidiendo con su egoísmo que otros hombres tuvieran la menor oportunidad, decidió, como única solución para terminar con su adicción, poner tierra de por medio y perderse de su vista sin ni siquiera despedirse cruzandose medio continente para evitar perjudicarla.

      Pero…no creáis que ese hombre la olvidó ni un solo día…., solo lo lograba mientras pescaba… , solo mientras pescaba aquellos pequeños peces azules…

      La verdad, es que Alfonso nunca supo más de ella, pero en su cabeza, jamás pudo caber nadie mas. En área del amor de su cerebro solo habían entrado ella y su propia adicción al amor no correspondido y ambos, habían cerrado la puerta tras ellos.

      Sin embargo, lo que él tampoco supo nunca, es que ella lo deseaba y lo esperaba con impaciencia todas las tardes para rechazarlo y que desde que se fue, Margarita no volvió a ser la misma. Después de su trabajo, cada tarde…, bajo la triste y preocupada mirada de su madre desde la ventana, aquella muchacha se sentaba en el patio a bordar el tapete de pequeños peces azules, que mirando a Alfonso con el rabillo del ojo, fingía bordar con indiferencia la última vez que lo vio.

   !Si amigos ...!.Ella empezaba cada día aquel maldito mantel esperando cada día ver aparecer a Alfonso y cada día también, como el Peplo de Penélope, lo deshacía al anochecer cuando su Ulises no había aparecido.

      Estoy seguro de que aunque ha pasado suficiente tiempo para que las almas cómplices y perdidas de Margarita y Alfonso, separadas por medio planeta, habiten ya en dos cuerpos ancianos arrugados y decrépitos, y pasen aun sus solitarias tardes entre pececitos azules vivos o bordados.


     Pero estoy seguro también, que esas dos almas están destinadas a volverse a encontrar....

     Tal vez no sea aquí en la tierra. Es mas…,a lo mejor será en el mas allá....

      Pero el alma del que llegue primero… ,esperará impaciente sobre una nube blanca a la otra, para continuar la vieja comedia del patio emparrado y el mantel de pececillos azules durante toda la eternidad.



5 comentarios:

Lola dijo...

El relato es precioso, es la metáfora de un amor que siempre estará en la mente de Alfonso… seguramente en la de Margarita también… ella lo sabe y por eso ambos, aunque separados por la distancia territorial “se siguen amando” hasta la eternidad.

Llegó a la mente de Alfonso, esa boya roja, que le crea adicción, esa boya es Margarita, a pesar de los rechazos, que seguramente los producía esa memoria de pez que tenía, pero que los unía y creaban bonitos días, aunque con final del Día de la Marmota.

Le marcó como una droga adictiva, que el resto de peces que han transitado por la vida de Alfonso… sus peces azules… nunca lograrán entrar en el área del amor del cerebro de Alfonso, ¿valdrá la pena volver a dejarse pescar por Alfonso?... seguramente estará pensando en este momento, alguno de esos ejemplares que tenga más memoria que Margarita.

Ellos se seguirán esperando… tal vez buscando… hasta la eternidad.

Preciosa y eterna historia de amor dedicada a Margarita.. es como una viva renovación de votos de amor.

La gama cromática de la acuarela, en plena sintonía conmigo.

Lola.

Paco Ballester dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Paco Ballester dijo...

La verdad que este acuatexto solo es la letra de un bolero...amores desgarrados y apegados tan patológicos como los gilipillas de sus protagonistas...pero bueno .un escritor que se precie debe escribir de todo de oficio..esos amores solo existen en las canciones

Anónimo dijo...

Si tu lo has dicho muy bien,Paco.
Amores que solo existen en las canciones,boleros o coplas.
Tu forma de contarlo hace que no parezcan tan gilipollas.
Me encanta la acuarela!!!

Vir.

Lina Oliveira dijo...

Siempre bonitas histórias!!! un saludo