sábado, 8 de octubre de 2016

INCOMUNICACION

Pintura genial de mi maestro y amigo Jóse Galarzo

En realidad, no sé cómo llegó esta historia a mi cabeza. Tal vez, solo la soñé….Pero desde entonces no dejo de "pegarle vueltas". ¿ Cómo hemos llegado a vivir tan aislados y encerrados en nosotros mismos si el hombre es un ser de naturaleza social cuyo éxito como especie se basó en vivir en grupo. ¿ Es indiferencia… o es temor ? ¿ Será que nos hemos vuelto una especie individual y egoísta ?... ¿ Será que ya no necesitamos estar juntos para defendernos? o...  ¿ Será tal vez el miedo a que alguien desazone más nuestra ya desazonada vida lo que levante esa muralla emocional que pedantemente llamamos "Nuestro Espacio"?.



La verdad es que no lo sé…pero quiero compartir con vosotros ésta historia por si a alguien le hace pensar y saca de ella algún provecho.

Serían las cinco de la madrugada cuando el joven llegó a la estación y se sentó a esperar su tren en aquel viejo banco de madera adosado por el respaldo a su otro banco gemelo al que jamás había podido ver sus listones.


Estaba solo, no había nadie en los andenes. El pequeño estanco y la cantina estaban cerrados a esas horas y Andrés se moría de ganas de fumar. Su sangre le pedía la nicotina con mas desespero que el café o el desayuno. Si, Andrés tenía tabaco pero,algo adormilado, se había olvidado el mechero en el recibidor y ahora no veía a nadie al que poder pedir lumbre.

Para distraer las ganas decidió leer un poco, aun faltaba media hora para la llegada de su tren. Sacó aquel libro que había encontrado en casa de su madre, "la eterna viuda", como él la llamaba porque lo había criado sola en ausencia de un padre hasta que la pobre falleció.


Era un libro extraño y llevaba una ambigua dedicatoria, pero lo más extraño del libro, es que lo tuviera ella que era una mujer humilde y poco cultivada. Su autor era Darío Espina, un antiguo premio Nobel nacional de complicada escritura y mas difícil lectura cuya notoriedad hacía ya un par de décadas que había dejado paso a una fama discreta como escritor de culto para intelectuales.

A Andrés, le había cautivado el libro desde la primera pagina hasta el epílogo, lo había leído varias veces y estaba tan fascinado con el aura de maldición y su misterio de su autor que hubiera dado una mano por conocerlo.

El crujido de la vieja madera del banco le avisó de que alguien se había sentado a sus espaldas. Levantó la vista del texto y cuando miro hacia gran espejo del fondo de la sala de espera vio reflejado en él como detrás se le había sentado un individuo maduro y obeso que vestía un traje gris tan desaliñado como anticuado y que con aire de cansancio miraba ausente hacia las vías. Casi al instante, tuvo la tentación de pedirle fuego, pero... cuando volvió la cabeza para dirigirse a él, pudo percibir un fuerte olor a alcohol que lo detuvo en seco. ¿ No será un borrachín que viene de toda la noche de ronda...? ¿ No será un pesado que intente darme palique y molestarme con la excusa de darme fuego...?


Tras dudar un instante, Andrés reprimió sus ganas de fumar y volvió a meter sus ojos entre las letras.

Darío, había salido a buscar inspiración para acabar su libro de una puta vez. Llevaba meses intentándolo pero la obsesión que había crecido en él en los últimos tiempos parasitaba su mente y hacía inútil todo esfuerzo creativo.


Como el despertar de una larva que hubiera estado dormida en su interior durante lustros, los pensamientos sobre el hijo que tuvo con aquella mujer y el remordimiento de haberlos abandonado, habían aflorado violentamente formando un bucle continuo en su razón que apenas dejaba sitio para algo más. ¿Dónde estará él?...  ¿ Vivirá su madre aún?... ¿ Sabrá algo de mí?...

Tras una noche de deambular sin sentido y sin que las copas siquiera mitigaran su dolor, Darío Espina se había sentado allí derrotado en un intento inútil de evitar una noche más de malos sueños y cama revuelta. Tal vez fumar lo tranquilizara…pero.. ! No tenía tabaco y estaba todo cerrado!. Pensó en pedirle un cigarrillo a aquél muchacho que a través del espejo había visto sentado a su espalda leyendo, curiosamente, un libro suyo que reconoció por sus tapas.


Pero no lo hizo. Darío era un hombre muy tímido y pensaba además que no había mayor pecado en el mundo que molestar interrumpiendo una lectura.

Pasaban los minutos …La falta de nicotina creaba en ambos una inquietud que minimizaba sus aprensiones…la necesidad puede derribar muros...y al final, como si se hubieran puesto de acuerdo, ambos volvieron sus cabezas y se miraron para pedirse lo que les faltaba.

! Tal vez si hubieran podido hablar!…!Tal vez si hubieran podido llegar a conocerse!... pero !Ya era tarde!. En ese mismo instante un tren de llegó y se paró con un estrépito de puertas delante de aquel banco y Andrés cerrando el libro, se apresuró en levantarse y subir en él…

Si..., estuvo a punto de suceder...Si...,fue un casi…tal vez una sola palabra hubiera podido cambiar sus destinos... pero no la hubo...y aquellos dos hombres siguieron ignorantes por su camino sin volverse a encontrar jamás


Y es que… !Amigos!…. tal vez....a lo mejor...quizás... nuestras barreras a los demás y nuestros putos espacios..., lejos de protegernos, no hagan sino apartarnos de lo que más deseamos.