viernes, 15 de abril de 2016

EL CARRUAJE

El olor a sudor de hombres y caballos entraba por las ventanillas del carruaje que corría veloz por aquellos terribles caminos perdidos en la oscuridad de noche centroeuropea. La Luna, apenas una fina tajada de melón apenas era visible entre los arboles del negro y tenebroso bosque. Un jinete se había apostado en el primer caballo del tiro y lo hacía cabalgar al trote. El cochero atrás en lo alto, sostenía las riendas y aguantaba con el rostro impasible los terribles vaivenes del carruaje al saltar por las piedras y los profundos baches mientras su látigo restallaba sobre los lomos de las bestias que iban a galope sin un solo quejido, hundiendo sus cascos en las enfangadas rodadas.


La archiduquesa, viajaba sola. La cita era en Viena a primera hora de la mañana. El emperador definiría su destino en un matrimonio de conveniencia para el imperio como lo había sido para el resto de mujeres de su familia. Su alta peluca acaracolada y rubia se bamboleaba casi rozando el techo del vehículo y su boquita roja perdida en su rostro blanco de polvos de arroz, parecía diminuta como la de una muñeca de porcelana. Las esmeraldas de sus largos pendientes de oro golpeaban su cuello de gacela alternativamente y sus pechos desvergonzadamente expuestos por la moda en el enorme escote, se movían como flanes amenazando escaparse en cada bache.

Prima de María Antonieta reina de Francia, a sus diez y nueve años, Doña Margarita era consciente de ser la mujer mas bella, inalcanzable y deseada de la casa de Habsburgo. Era tan virgen como cuando nació y sabía que su porvenir no lo marcaría el amor sino la política.

Cuando las puntillas de su escote comenzaron con el traqueteo a rozar los pezones de sus pechos comenzó a notar la excitación en su bajo vientre que fue subiendo hacia sus mejillas arrebolándolas. La imagen de Amadeus Wolfrang se fue abriendo paso en sus pensamientos. Ese guapo musiquillo de la corte de Francisco José cuya música, que escuchó en Salzburgo tiempo atrás la excitaba y la ponía tan caliente y con quien había comenzado a mantener un secreto juego tácito que le fascinaba. Cuando notó que su sexo ya estaba completamente mojado arremangó con un marcado fru-fru los aros de su miriñaque, sus cinco enaguas de volantes y sus faldas de raso dorado hasta casi taparse el rostro, y abrió obscenamente sus piernas que a la luz de la luna que entraba por la ventanilla brillaron blancas por las medias color marfil que llevaba hasta los muslos y las apoyó flexionadas en el asiento delantero. Había prescindido premeditadamente de ponerse sus bragas bombachas y notó la brisa de la noche en su sexo desnudo con un pequeño escalofrío. Sintió que goteaba hacia abajo y a ciegas llevó su mano enjoyada hasta su hendidura, posó suavemente su dedo índice sobre su clítoris y con una orden desmayada, ordenó al cochero bajar la cuesta hasta Viena al trote máximo. Los movimientos del carruaje hicieron el resto bamboleando sus caderas bajo su blanca mano que reposaba desmadejada en los rubios rizos de su pubis. Mientras, entre jadeos, su pequeña lengua salía lascivamente de su boquita relamiendo con su punta curvada las finas gotitas de sudor que se habían generado en su labio superior. Su cabeza echada hacia atrás con los ojos cerrados y su barbilla en alto oscilaban cómicamente con peligro de hacer caer su peluca.

Fue al final de la bajada de la cuesta, con las primeras luces, cuando llegó al éxtasis con un pequeño gritito. Tras abrir los ojos desmesuradamente, los cerró de golpe derrumbándose en su asiento. Luego bañó toda la manita izquierda con el néctar que había fluido generosamente de su flor y sonrió inocentemente como si nunca hubiese roto un plato.

Cuando bajó de la diligencia frente a palacio real, su figura era tan estirada y digna y estaba tan perfectamente compuesta que nadie hubiera sospechado el reciente episodio. Margarita estaba inmaculada. Mientras se apeaba ayudada por los lacayos buscó disimuladamente la mirada de Amadeus que rodeado de otros cortesanos la estaba esperando para acompañarla frente al Emperador.

Margarita, en el besamanos protocolario solo a Mozart le ofreció la mano izquierda disimuladamente en vez de la derecha para ser besada. Cuando el músico en una perfecta reverencia puso su boca en el guante calado, la apretó hasta dejarse los labios marcados por la puntilla y cerró los ojos demorándose largamente aspirando su intimo aroma. La condesa, ni pestañeó, ni siquiera se permitió una sonrisa cuando al alzar el músico su blanca peluca de su mano, observó que la estrechez de sus calzones de seda del maestro marcaba un enorme y escandaloso bulto alargado entre las piernas.

Amadeus algo azorado, se separó con disimulo de la comitiva y mirándose la entrepierna sonrió pensando divertidamente en la flauta mágica, su opera favorita…Luego, con paso apresurado se dirigió a su estudio.

! No! , ! No se aliviaría aun!, luego engancharía a la criada eslava encima de la mesa cuando le trajera el almuerzo, sin mirar siquiera en por orificio la tomaría… pero ahora…. !No!, ahora necesitaba toda la fuerza animal que aquel olor almizclado le había hecho sentir para componer aquel final. Con su pluma de ganso se lanzó sobre las partituras y rasgó sin interrupción y sin una sola corrección en los pentagramas un crescendo terrible plagado de tubas, trompas ,timbales y sopranos que tras alcanzar la máxima intensidad acababa tan bruscamente como lo hace el placer carnal…

Solo llevaban dos meses casados cuando al final de la obra de Wolfrang Amadeus Mozart , en el palco, Alberto el Elector de Sajonia se quedó sorprendido de la fina sensibilidad de su joven esposa Margarita que había escuchado los últimos compases con los ojos fuertemente cerrados crispando las manitas en los reposabrazos del sillón de madera dorada y ahora en vez de levantarse y aplaudir, se había quedado extasiada en su asiento. Ella por fin pudo reunir algunas fuerzas para mirar a su esposo y con el sexo bajo sus falones 
chorreando secretamente, de nuevo puso cara de no haber roto un plato y le sonrió inocentemente suspirando en tono de disculpa.