miércoles, 2 de marzo de 2016

MATIAS Y LOS TRES SALMONETES (REPUBLICACIÓN)

La verdad, es que Matias no conseguía recordar en qué momento se convirtió éso, de algo cotidiano, en una auténtica pasión con un punto de extravagancia .


Su pasión era la gastronomía, pero no toda. El era obsesivamente específico. A Matías, lo que le chiflaba, era comer pescado fresco. Bueno…. pero la cosa no era así de simple, porque este gusto por esos seres fríos y escamosos, lo había convertido en un autentico hobby, una afición, casi un deporte al le dedicaba tiempo y estudio.

Había aprendido con minuciosidad en los tratados de cocina,  la mejor manera de cocinar cada clase pescado o marisco de forma que, en su punto exacto, expresara todo su sabor sin perder la frescura que pudiera atesorar. Algunos los preparaba cocidos con una hojita de laurel, otros a la brasa de encina con sal marina, los más a la plancha con unas gotas de aceite de oliva virgen. 


A Matías, le parecía  curioso y hasta divertido, como con el tiempo, ésta afición se le había ido llenando de ritos y reglas y protocolos, de tal forma, que cuando cocinaba frente a los fogones con la boca hecha agua, a veces se sentía como un sacerdote haciendo misa.

Pero os diré, que lo que más tiempo le ocupaba a Matías, y lo más difícil de ésta afición, era encontrar el producto que cocinaba. 

Primero, debía ser tan reciente que casi se moviera aún, y luego, se tenía que enamorar de él y elegirlo entre los demás. Por ello, cuando salía de caza, porque lo suyo parecía mas caza que pesca, nunca llevaba una idea preconcebida de lo que quería y muy temprano, de noche aún para llegar antes que nadie, iniciaba una verdadera peregrinación por aquellas pescaderías que le merecían garantía por la sabiduría y limpieza de sus dueños. Luego, frente al mostrador repleto de color, en una especie de trance, dejaba que algún pescado le sedujera….y cuando lo hacía, sentía como un flechazo amoroso por él y automáticamente, le dejaba de interesar el resto del expositor. Una vez había elegido, bien fuera un humilde kilo de boquerones, un par de lenguados o una langosta que aún moviera las antenas, pagaba lo que le pidiesen sin regatear.

A veces, su periplo acaba enseguida minutos si en la pescadería de la esquina de su calle algo le cuadraba, pero en otras ocasiones, si no había encontrado nada que le sedujera, no dudaba en abandonar la ciudad y recorrer sesenta kilómetros para allegarse hasta la 
lonja de un pequeño pueblo pesquero que permitía a los particulares pujar 

Sin embargo, desde hace algún tiempo, Matias  ha notado que algo ha cambiado en su interior. Me lo ha contado porque . Tal vez haya pensado que hablar conmigo puede ayudarle .

Es algo que le sucedió en aquella pequeña lonja... La subasta tenía lugar a media mañana según iban llegando las barcas al puerto. Como siempre, el patrón de la embarcación había dispuesto sobre las mesas de mármol blanco en un par de docenas de bandejitas de plástico color naranja, el contenido de las tres cajas de que acababa de desembarcar, distribuyendo su pesca en cuidadosos lotes por clases y tamaños. Esta vez, aunque las redes habían sacado bastante poco, lo poco que había era extraordinario. El " Flechazo" como el le llamaba, surgió en la mirada limpia y el color brillante de tres hermosos salmonetes que reposaban perdidos alejados del centro del grupo casi escondidos por un imponente mero.
La subasta, comenzó a la baja con la monótona e inteligible voz del subastador a quien solo se le entendía las cantidades redondas.
Salieron primero las bandejas de las piezas más grandes y caras, generalmente dirigidas para los restaurantes del puerto. El comprador, solo tenía que detener la cantinela del subastador en determinado momento y señalar lo que deseaba llevarse al precio de la última cifra cantada.

Matías esperaba nerviosamente para pujar por un precio razonable, aunque el temor a que alguien se le adelantase, le llevaba muchas veces a pagar más de lo que fuera justo. Al fin y al cabo a diferencia de los demás , él tenía que alimentar una pasión  ! No iba a fallar por tres o cuatro euros de diferencia!.

Cuando el precio límite que  había calculado para aquel trío cobrizo de ojos brillantes como perlas negras se iba acercando y Matías estaba a punto de detener la cantinela del subastador, una diminuta mujer delante de él que apenas le llegaba a la cintura, detuvo la subasta. A Matías, se le cortó la respiración y el corazón comenzó a latirle más deprisa de lo que el médico le tenía aconsejado. La "minimujer", señaló con decisión un par de lotes de marisco combinado para "arrós a banda" y se dio la vuelta para salir a recoger su comanda ya envuelta. Él suspiró con un enorme alivio… pero... cuando más tranquilo se proponía a retomar la puja.... la señora se dio la vuelta y dijo : Perdone… ! Se me olvidaba! me llevo también  aquellos tres salmonetes de la esquina para la cena de mi marido…… 

!Si le hubierais podido ver, no hubierais podido contener la risa!. Matías puso la misma cara de decepción que un niño al que se le escapa el globo al cielo. El sudor cubrió de perlas su calva y las gafas se le resbalaron hasta la punta de la nariz.  Por un instante, casi paranoicamente se convenció así mismo que "La muy puta" tenía telepatía y se los había llevado solo por "joderle"

Matías no quiso continuar con aquello…. prefería irse sin pescado…. Nada podría borrar ese día el recuerdo de aquellos Salmonetes…. Se sentó en un pilón de piedra en la puerta de la Lonja a fumar y calmarse un poco. El muelle estaba desierto y solo se oía el graznido de las gaviotas. Todo el mundo incluidos los pescadores estaban dentro del edificio.


De repente, la minúscula figura de la mujer malvada salió y enfilo el muelle de salida cargada con su bolso en el brazo derecho y tres bolsas de plástico verde en la izquierda. La vio caminar con el taconeo activo y presuroso de la mujer que tiene prisa por ponerse a hacer la comida. La silueta de los tres salmonetes se recortaba en la bolsa más exterior 
como burlándose de él mientras se alejaba.

¿Qué le pasó?... !No lo sé!. ¿Que pensó?.... ! Creo que no pensó !. Pero de momento, Matias se vio corriendo con una bolsa de salmonetes en la mano cuyas asas había roto de un tirón mientras a su espalda se oía una voz histérica que gritaba ! Al ladrón…! ! Al ladrón !. La gente, alarmada, salió de la lonja a auxiliar a la víctima, pero Matías ya los vio de lejos escondido en su coche, desde lo alto de la carretera que vuelve a la ciudad.


Desgraciadamente algo no debe funcionar bien en su cabeza. No solo es porque no sintió el menor arrepentimiento, sino porque aquellos salmonetes le supieron como el pescado más delicioso que había comido jamás. No lo ha vuelto a hacer…. eso dice... pero sé que tarde o temprano repetirá, porque según me cuenta, cada vez que ve una bolsa verde colgada de un brazo, siente una extraña sensación de codicia y nota como sus ojos brillan con un puntito de maldad. Y es que, amigos míos.... los caminos que llevan a la delincuencia pueden ser sorprendentes…..